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(Español) « Me acongoja pensar en el fin del consumo de bienes espirituales » (José E. Pacheco)

El poeta mexicano José Emilio Pacheco, Premio Cervantes 2009 y fallecido el pasado 26 de enero, depositó el 21 de abril de 2010 varios objetos personales en una Caja de las Letras del Instituto Cervantes con el firme deseo de que permaneciera sellada durante un siglo exactamente con el fin de que, en palabras del escritor, “quien abra esto en cien años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra”.

Durante mis años de estudiante de Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Complutense, allá por la década de los setenta del pasado siglo, recuerdo que leí con pasión numerosos poemas de Pacheco, un autor que para mí fue todo un descubrimiento. Especialmente me impresionaron títulos como Alta traición y El reposo del fuego.

No sé si dentro de cien años la gente sepa quien fue José Emilio Pacheco y menos aún si leerá alguno de sus versos. Tampoco puedo adivinar si en abril de 2110 habrá personas que lean o escriban poesía, o al menos conozcan poemas de Federico García Lorca, Octavio Paz, Miguel Hernández, Pablo Neruda, César Vallejo, Blas de Otero, Gustavo Adolfo Bécquer, Mario Benedetti, Rafael Alberti, Jorge Luis Borges, Luis Cernuda, Rubén Darío, Gabriel Mistral, Antonio Machado o Rubén Darío.

En un tiempo tan dominado por el consumo de bienes materiales, erigido como tótem del impulso económico, con esa juventud que me rodea hipnotizada por las pantallas de los teléfonos móviles, de las tabletas y demás artilugios convertidos, al menos temporalmente, en objetos imprescindibles, me acongoja pensar en el fin del consumo de bienes espirituales, como la contemplación de una pintura, el éxtasis ante la belleza de una obra arquitectónica, o el deleite derivado de la lectura de un texto en prosa o de un poema que brota de lo más profundo del alma de su creador.

Por azares de la existencia, yo no me limité a aprender de carrerilla los nombres de los poetas más reconocidos, tanto extranjeros como en lengua castellana, ni distinguir a qué escuelas o estilos pertenecen. Decidí grabar en mi mente, casi de la misma manera que los “hombres libro” de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, los poemas que más me impresionaron, como Me moriré en Paris con aguacero, de Vallejo; Porque la pena tizna cuando estalla, de Hernández; Yo me he asomado a las profundas simas de la tierra y del cielo, de Bécquer; Todas íbamos a ser reinas, de Mistral; Siento tu ternura allegarse a mi tierra, de Neruda; o La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando, de García Lorca. Estos textos me han acompañado siempre y me han ayudado a soslayar problemas en momentos difíciles.

Por eso me permito ahora aconsejar a quienes conserven un hilo de sensibilidad que incluyan en su agenda el consumo periódico de poesía, un bien no material muy accesible, barato y reconfortante, para que dentro de un siglo los habitantes de este planeta sepan quién fue José Emilio Pacheco y otros poetas que nos legaron pasajes inolvidables para el entrenamiento del espíritu.

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