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La "revolución de las patatas" de los jóvenes contra la interminable crisis de Gobierno en Bélgica

Bruselas (EFE).- Los jóvenes belgas volvieron a salir a la calle el pasado 29 de marzo patata frita en mano, símbolo gastronómico y de unidad del país, para protestar contra la que a partir del día siguiente se ha convertido en la crisis política más larga del mundo, tras 290 días sin acuerdo de Gobierno desde las elecciones del 13 de junio.

Bélgica ha arrebatado este extraño récord a Irak -que necesitó 249 días para llegar a un acuerdo (fecha que los belgas también conmemoraron el pasado 17 de febrero) y otros 40 días para la ratificación parlamentaria del pacto- sin perspectivas de salir del bloqueo político a corto plazo.

Varios cientos de estudiantes de las secciones francófona y flamenca de la Universidad Libre de Bruselas se congregaron en la emblemática Plaza Flagey, en un acto que parecía más un festival que una manifestación, ya que hubo música y cucuruchos de cartón con patatas fritas.

 

En contra de la división del país

"Nuestro principal mensaje es que estamos en contra de la división del país", señaló a Efe el portavoz de la organización juvenil promotora del evento "División. No en nuestro nombre", Michael Verbauwhede, quien explicó que recurren a la ironía y al simbolismo -las patatas fritas son uno de los iconos de la gastronomía belga- cansados de la duración de esta crisis.

Verbauwhede aclaró que, tras la llamada "revolución de las patatas fritas" del pasado febrero, la protesta que la plataforma organizó coincidiendo con los 249 días de crisis, la idea en esta ocasión es sustituir de manera simbólica el nombre de varias plazas en distintas ciudades del país por el de "plaza de las patatas".

Además de la capital belga, se han sumado a esta acción las ciudades valonas de Namur, Lieja, Lovaina La Nueva y Mons (sur del país) y las flamencas de Gante, Amberes y Lovaina (norte).

La participación ha sido significativamente menor que en otras ocasionesla manifestación "Shame" ("Vergüenza", en inglés) del pasado 22 de enero en Bruselas concentró a más de 30.000 personas– posiblemente por el hartazgo ciudadano con las cuestiones de política nacional y a que la atención se centra ahora más en la crisis en el mundo árabe y la alerta nuclear de Japón.

Los políticos del país ensayan nuevas fórmulas para intentar romper el bloqueo, pero de momento no han logrado avances significativos.

 

Los ciudadanos pierden la fe

La ciudadanía, por su parte, pierde la fe. Según una encuesta reciente de la organización "GfK Academy", menos del 13 por ciento de los belgas dice seguir confiando en la clase política.

Otro sondeo, del que se hace eco "La Libre Belgique", asegura en cambio que los independentistas flamencos del N-VA han reforzado su posición en Flandes (norte del país) y acumulan ya un 33 % de intención de voto en esta región, mientras que los socialistas francófonos del PS han perdido apoyos en Valonia (sur) y bajan hasta el 33,3%.

La creciente popularidad en Flandes del líder del N-VA, el polémico Bart De Wever, partidario de la escisión, empieza a molestar a otros políticos flamencos, hasta ahora aliados, como al actual primer ministro en funciones, el democristiano Yves Leterme, quien ha criticado su incapacidad para formar un Ejecutivo, lo que algunos interpretan como el principio de su aislamiento.

De momento, prosiguen las negociaciones entre De Wever, el líder socialista francófono, Elio Di Rupo, y el mediador en la crisis, el democristiano flamenco Wouter Beke, aunque nadie parece esperar giros significativos a corto plazo a pesar de que la interminable crisis empieza a poner en serio peligro la economía del país.

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