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Cultura

José Luis Cuerda, surruralista y necesario, así en el cielo como en la tierra

Alicia G. Arribas / Madrid / Creíamos que José Luis Cuerda no se iba a morir nunca. Y, por eso, porque no queríamos que se muriera, nos repetíamos como un mantra que nosotros seguiríamos siendo siempre contingentes, pero él era necesario.

 

 

Creador de una religión no reconocida (los ‘amanecistas’), cascarrabias, “bonachón” -eso solo lo decía él de él mismo-, más listo que el hambre, divertido y de rápidas asociaciones mentales, José Luis Cuerda iba a cumplir 73 años el próximo 18 de febrero.

Cuerda tenía fama de mal genio entre la gente que tenía que trabajar para él; al mismo nivel, lo adoraban. Que era muy listo, que nada más mirarte sabía de qué pie cojeabas… Todo “un carácter” en los rodajes, que luego suplía abriendo con generosidad botellas de blanco de su bodega Sanclodio.

Era su único vino, un Ribeiro que elaboraba y llevaba el mismo nombre que su bodega de Cubilledo (Ourense), zona de la que se enamoró durante el rodaje de “El bosque animado”. Pero, cuentan sus allegados, que se acercó al vino no por el paisaje, sino por las historias que cuenta y que estuvo pendiente de la producción hasta que el ictus que sufrió en 2013 le obligó a dejarla en manos de sus hijas.

También fue vocal de la Junta directiva del Círculo de Bellas Artes (CBA), donde era muy querido. Contaba el cineasta que su familia se trasladó a Madrid gracias a que su padre, jugador profesional de póquer, ganó un piso en el Paseo de la Habana en “el templo del juego” que era entonces el CBA.

Cuerda no tuvo buena salud de niño. A los cinco años se pasó un año entero en la cama enfermo de pleuresía. También estuvo un tiempo en un seminario en Albacete y después estudió Derecho, aunque no aprobó ni un curso; justo entonces coincidió con Cristina Almeida y Manuela Carmena, y con ellas se apuntó al Partido Comunista, aunque lo hizo “por probar” y no duró mucho.

Ganador de cuatro Premios Goya, dos como guionista de sus propias películas (“Los girasoles ciegos”, 2008, y “La educación de las hadas”, 2006) y otros dos como productor de Alejandro Amenábar (“Tesis”, en 1996, y “Los otros”, en 2001), Cuerda llevaba años quejándose de que no encontraba modo de rodar la que sería su última película.

“Tiempo después”

De hecho, en 2015 se decidió a imprimir como novela el guion de “Tiempo después”, que escribió dos años después de estrenar “Así en el cielo como en la tierra” (1995).

Hasta que apareció “La turba”, cómicos y devotos de Cuerda entre los que se encontraban Andreu Buenafuente, Berto Romero y Edu Galán, decididos a cumplir el deseo del “maestro”. Al final, fueron Arturo Valls y su socio Félix Tussell quienes tiraron para adelante con la película.

Lo logró con 71 años. En navidades de 2018, más concretamente -y como no podía ser de otra manera-, el 28 de diciembre, festividad de los Santo Inocentes, Cuerda estrenó “Tiempo después”, justo 30 años después del estreno de “Amanece que no es poco” con la que cierra una trilogía que incluye también “Así en el cielo como en la tierra”.

Eran artistas jóvenes que homenajeaban a toda una generación. Casi cuarenta intérpretes que no pusieron condición alguna para trabajar con él. De Roberto Álamo -al que Cuerda “reclutó” después de verle interpretar “Urtain” en el teatro – a Blanca Suárez, César Sarachu, Carlos Areces, Berto Romero, Antonio de la Torre o Daniel Pérez Prada. Y Miguel Rellán y Gabino Diego, como banderines de enganche entre generaciones.

En una entrevista con EFE, el cineasta aseguró que esta película era “lo mejor” que había hecho en su vida, “hablando de cine”, claro.

Ya durante la promoción de la película, Cuerda dio síntomas de no encontrarse muy bien de salud; coincidiendo con aquellas semanas, se le diagnosticó un deterioro senil. Aún con su sentido del humor intacto, achacaba su evidente pérdida de peso (más de treinta kilos) a las “raras” cenas que hacía, a base de “cruasán con yogurt, proteínas y vitaminas, un menú completo”.

“Surruralista”

Después de “Amanece…”, el calificativo que enlazaba de inmediato con Cuerda era “surrealista”. Pero él no lo compartía. Prefería “surruralista”, por lo rural, decía. Un humor absurdo que era una de sus señas de identidad.

“El surrealismo en cine no puede existir porque es lo automático, lo sin cálculo ni medida, y eso en cine no puede ser. Hay que saber dónde va la cámara, con qué objetivo, a qué distancia, si está picada o contrapicada; vamos, ni Buñuel, es decir, nadie. Nadie puede trabajar con ese material”, explicaba con paciencia.

También la prensa le adoraba. Ese mismo año, los periodistas le dieron el Premio Feroz de Honor en la gala que se celebró en Bilbao; el que reconocía los más 40 años de trayectoria.

Entonces, y casi suena a epitafio, afirmó sentirse “muy querido”.

“No me voy a engañar yo ni engañaros a vosotros. Soy bonachón, aunque tengo fama de terrible, de ‘cuidao con Cuerda, que tiene una mala uva’ y tal -se ríe-. Pero en esta película se ha juntado todo y creo que eso es algo bueno”.  (4 de febrero de 2020, EFE/Practica Español)

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