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Cultura

Las dedicatorias de Delibes que dejan la impronta de un padre afectuoso, una persona agradecida y un escritor libre, comprometido y metódico

Roberto Jiménez / Valladolid / Uno de cada tres libros de Miguel Delibes, el novelista de quien este año de pandemia se celebra el centenario de su nacimiento, lleva en letra de molde una dedicatoria cuyo análisis señala la impronta de un padre afectuoso, una persona agradecida y un escritor libre, comprometido y metódico.

Las empleó de forma recurrente desde su primera novela (“La sombra del ciprés es alargada”/1948), que con las ansias del primerizo ofreció por partida triple a sus padres; a su esposa; y a su único hijo entonces, Miguel Delibes de Castro, con quien escribiría a medias el último eslabón de toda su obra (“La tierra herida”/2005).

“Es verdad que pensaba mucho las dedicatorias, las hay muy bonitas y familiares, también de agradecimiento, pero las citas también son muy interesantes por lo que hay detrás de ellas”, ha explicado a EFE Elisa Delibes, hija y presidenta de la Fundación Miguel Delibes, a quien en 1984 su padre tuvo en cuenta al publicar “La censura de prensa en los años 40” (“A mi hija Elisa, profesora de literatura”).

Ajeno a cenáculos y extremadamente celoso de su tiempo e intimidad, Miguel Delibes (1920-2010) deslizó en cada uno de esos apuntes el afecto a sus seres más queridos, el agradecimiento por determinadas razones y el homenaje a personajes de su rendida admiración como lo fue Félix Rodríguez de la Fuente, a cuya memoria póstuma dedicó “Los santos inocentes” (1981).

De José Jiménez Lozano -su colega en las letras, compañero en El Norte de Castilla y cofrade en la nómina del Premio Cervantes se acordó en la primera página de “Cinco horas con Mario” (1955), por cariño y gratitud al haberle seleccionado las citas bíblicas que encabezan cada uno de los capítulos del soliloquio de Menchu.

Todos los destinatarios de estas deferencias llevan el nombre de una o varias personas, excepto en tres publicaciones donde elogió al gremio de los cazadores (“Diario de un cazador”/1955), y al de los arqueólogos (“El tesoro”/1985) que también ofrendó a su hijo Germán, catedrático de Prehistoria (Universidad de Valladolid), quien le inspiró el relato a partir de un episodio real en unas excavaciones.

La tercera fue “El hereje” (1998), su novela postrera, donde por primera vez, de forma expresa y en lugar preferente, honró a su lugar natal con un escueto y lapidario “A Valladolid, mi ciudad”.

La primera vez que escribió en letra de molde el nombre de su tierra fue en “La partida” (1954), pero ya figuró en el paisaje de su segunda novela (“Aún es día”/1949) y más tarde, de forma implícita aunque evidente, en “Madera de héroe” (1987) que tributó a Luis María Ferrández, amigo de la infancia fallecido en la guerra.

Las dedicatorias más íntimas y personales 

Las dedicatorias más íntimas y personales de Miguel Delibes nunca llevaron una mención expresa como también ocurrió en “Señora de rojo sobre fondo gris” (1991) con Ángeles de Castro, su esposa, madre de sus siete hijos y la más citada en toda su obra, ya que además de “La sombra del ciprés es alargada” la brindó “Diario de un emigrante” (1958) (“A Ángeles de Castro de Delibes, el equilibrio; mi equilibrio”) y mencionó en su discurso de ingreso en la Academia.

A su padre le agradeció que le enseñara “a amar la caza” (“Diario de un cazador”/1955); de sus siete hermanos se acordó en “Mi idolatrado hijo Sisí” (1953); a sus hijos Miguel y Juan les intituló como “primeros discípulos, mis grandes maestros hoy” (“Mis amigas las truchas”/1977); y a sus nietos, “que desde que nacen ya se interesan por los pájaros”, consagró “Tres pájaros de cuenta” (1982).

Otros destinatarios de su afecto y gratitud, por diversas y fundadas razones, fueron su sempiterno amigo y editor en Destino, José Vergés (“Un año de mi vida”/ 1972); el guitarrista Narciso Yepes y su esposa, Marysia (“El disputado voto del señor Cayo”/1978); el pintor Vela Zanetti (“Castilla habla”/1986); y el doctor Carlos Almaraz (“Diario de un jubilado”/1995).

Un sólo personaje ficticio mereció el honor de una dedicatoria, Jacinto San José, protagonista de su novela más experimental y atrevida en sus formas (“Parábola del náufrago”/1969).

De su compromiso social y espiritual, de la variedad de lecturas y referentes, hablan las numerosas citas que con frecuencia incrustó al principio de los relatos para prevenir al lector sobre el trasfondo y la esencia de los mismos, con la firma entre otros de Albert Einstein, Goethe, Marcel Proust, Juan Pablo II, Pablo Neruda, Rousseau y Nietzsche, y la inscripción de una lápida de uno de los prisioneros del campo de concentración de Dauchau.

Llama la atención la orfandad de títulos emblemáticos que vieron luz sin dedicatorias expresas como ocurrió con “El camino” (1950), “La hoja roja” (1959), “Las ratas” (1962), “Viejas historias de Castilla la Vieja” (1964), “El príncipe destronado” (1973) y “Las guerra de nuestros antepasados” (1975), aunque el algunos casos la munición literaria esté perfectamente dirigida.  (25 de junio de 2020, EFE/PracticaEspañol)

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