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Cultura

Lo que el filósofo Javier Gomá piensa sobre las amenazas de virus sobre la humanidad, la pandemia del COVID-19 y su repercusión en el mundo que conocíamos

Carmen Naranjo/ Madrid /  Después de que la ciencia hubiera sugerido que la raza humana iba a ser casi perfecta, un virus surgido de la naturaleza hace ver su fragilidad, como si se tratara de una de esas especies protegidas en peligro de extinción.  Esta amenaza, en opinión del filósofo Javier Gomá, fortalecerá un sentimiento de fraternidad de la humanidad que combatirá fronteras, identidades y regionalismos.

Gomá (Bilbao, 1965), filósofo, escritor y ensayista, director de la Fundación Juan March analiza en una entrevista con EFE los posibles escenarios que la pandemia dibuja en el futuro tanto de España como en el resto del mundo, el creciente malestar que observa en los ciudadanos por su confinamiento y cómo se puede aprender de episodios históricos que traumatizaron y transformaron la sociedad.

P.- ¿Nuestra sociedad ha mostrado su fortaleza por ser capaz de afrontar el confinamiento?

R.- No sé si ha sido fortaleza, responsabilidad, solidaridad… La población ha aceptado el arresto domiciliario y el empobrecimiento para proteger a los mayores, con los que más se ensaña el virus. ¿Es esto un ejemplo de dignidad, de ejemplaridad, de solidaridad o lo es de docilidad? En España cada vez se percibe más un sordo murmullo que cualquier día se convierte en grito contra el confinamiento.

P.- ¿Hasta dónde puede llegar ese murmullo o grito contra el confinamiento?

R.- La gente en un primer momento, llevada por la angustia y la conmoción y las noticias sobre las muertes, aceptó ese cambio de costumbres tan radical, pero a medida que va pasando el tiempo, las semanas, esa docilidad inicial está empezando a cambiar. No digo que lo apoye, solo lo constato. Si el Gobierno proclama las medidas más severas del mundo y al mismo tiempo tenemos el récord de muertes por habitante, es lógico que uno se pregunte si el sacrificio inmenso que está haciendo tanta gente es proporcionado al resultado o no. Percibo una tendencia a la desobediencia que se está gestando y veremos lo que pasa próximamente.

P.- ¿Habrá más desconfianza hacia nuestros gobernantes y políticos?

R.- La sociedad no tiene puesta nunca una gran confianza en los políticos. Un pueblo maduro, como creo que es el español, pone su confianza en las instituciones , en las profesiones, en la ciudadanía y no tanto en la política. Así que es difícil que se decepcione o desconfíe de los políticos porque como pueblo maduro que es ya no pone demasiada confianza en los políticos. Un pueblo maduro es el que se puede permitir un político sin demasiado talento.

P.- ¿Pueden salir el Gobierno reforzado o muy dañado de esta situación?

R.- Una vez leí un estudio que mostraba que en una parte de Estados Unidos cada vez que había un terremoto, un huracán… la sociedad tendía a castigar al gobierno, aunque no hubiera hecho nada. En nuestra experiencia cotidiana, nos ocurre en ocasiones que un amigo te da una mala noticia y acabas cogiéndole manía, aunque no te haya hecho nada. Es muy conocido el caso de Churchill, que lideró la resistencia de la democracia en Europa frente al totalitarismo nazi y luego capitaneó con los norteamericanos la victoria de la Segunda Guerra Mundial. Y se presentó a las elecciones y perdió. Porque hay un momento en el que asocias el dolor y la amargura, la frustración y la pobreza a unas personas y quieres un cambio de caras. Es muy frecuente que uno castigue a quien asocia a un mal colectivo como el que nos está ocurriendo, salvo que sientas que esa persona te puede seguir salvando del mal, como está sucediendo en Alemania con Ángela Merkel, que tiene ahora casi más popularidad que al principio de su mandato porque los alemanes la han visualizado como una persona que les va a librar del mal. En lo que se refiere a nuestros gobernantes, dependerá de si ellos son capaces de transmitir la imagen de que son quienes nos libran del mal o los asociamos inevitablemente al mal. Pero estoy muy lejos de saber cuál de las dos cosas ocurrirá.

P.- ¿Cómo cambiará al mundo esta amenaza o cómo lo ha cambiado ya?

R.- Un mal amenaza por entero a la Humanidad después de que la ciencia nos había sugerido que la raza humana iba a ser casi perfecta, combatiendo el envejecimiento y la muerte. Y, de pronto, un virus surgido de la naturaleza hace que esa superespecie esté amenazada de muerte. Es una especie frágil, una que esas declaran los organismos internacionales como especie protegida. Ya no es impensable la extinción de la raza humana. No va a ocurrir esta vez pero… ¿y el siguiente virus, si es más rápido, más letal, si muta con más facilidad? La conciencia de que la especie humana está amenazada fortalecerá los sentimientos de comunidad. Estamos todos unidos por una misma amenaza, por un mismo peligro. Eso fortalece un sentimiento cosmopolita. No existe más que una raza, que es la raza humana, y no existe más que un principio, que es la dignidad del ser humano. Y todo eso tenderá a diluir problemas de identidad, problemas territoriales, de fronteras, localismos, particularismos…

P.- ¿Cuáles serán los traumas que nos deje esta pandemia?

R.- Esta es una crisis en la que sabemos cómo hemos entrado pero no cómo va a terminar. Si dentro de seis meses se adelantan las previsiones y hay una vacuna, se acabó, lo hemos vencido. Habrá sido una experiencia traumática, habrá dejado un poso de amargura y empobrecimiento a gran parte de la población pero dudo de que tenga muchas más consecuencias. La Guerra civil dejó un dolor de tales proporciones que cuando terminó la dictadura, de una manera tácita toda una generación se dijo que no podía volver a ocurrir. Y desde finales del siglo XIX, principios del XX ,se fue gestando el reconocimiento de los Derechos Humanos, pero todos los intentos fueron fallidos. ¿Qué se necesitó? No una guerra, sino dos guerras mundiales con millones de muertos para que de pronto la Humanidad se diera a sí misma una declaración de Derechos Humanos. Son ejemplos de experiencias extremadamente traumáticas que acaban produciendo un cierto progreso moral. Pero los progresos son extremadamente lentos.

P.- Su último libro es un ensayo filosófico llamado “Dignidad” en el que analiza este concepto y en el que se pregunta ¿qué abunda más, la miseria o la dignidad humana? ¿Qué hemos visto en esta crisis sanitaria en relación con la dignidad?

R.- El que toda la sociedad aceptara su empobrecimiento y arresto para proteger en principio a un sector débil, como son los mayores, es un tributo a la dignidad. Pero siempre y cuando el resultado sea que aceptamos la ruina económica a cambio de la salud. Si lo que tenemos es la ruina económica y el liderazgo en muertes es cuando uno puede pensar que el sacrificio por la dignidad es inútil. Y la dignidad incluye también la dignidad en la muerte, y hemos visto tantos y tantos casos de personas que no han tenido “su muerte”, sino que por los condicionantes de la lucha contra el virus han muerto solos, sin duelo, sin ceremonias ni enterramiento. Esto cuestiona si esa muerte es acorde a la dignidad del ser humano.

(21 de mayo de 2020, EFE/PracticaEspañol)

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